lunes, 5 de octubre de 2026

Números hipercomplejos: cuaterniones, octoniones y sedeniones

Los cuaterniones, octoniones y sedeniones forman parte de una fascinante extensión de los números complejos, los números hipercomplejos. Surgen al intentar responder una pregunta natural: si los números reales pueden ampliarse a los complejos, ¿es posible continuar construyendo sistemas numéricos con propiedades semejantes? La respuesta conduce a una jerarquía de álgebras de dimensión \(2,4,8,16,\ldots\), en la que, a medida que aumenta la dimensión, algunas propiedades algebraicas fundamentales deben sacrificarse.

De los complejos a los cuaterniones

Sir W. R. Hamilton
(1805-1865)
Los números complejos tienen la forma \(z=a+bi,\; a,b\in\mathbb{R},\; i^2=-1,\) y constituyen un sistema de dimensión \(2\) sobre \(\mathbb{R}\). Durante la primera mitad del siglo XIX surgió la cuestión de si era posible construir un sistema tridimensional que extendiera los complejos y conservara una multiplicación suficientemente satisfactoria.

Fue el matemático irlandés William Rowan Hamilton quien encontró la respuesta en 1843, aunque no mediante una extensión tridimensional, sino mediante una de cuatro dimensiones. Los cuaterniones tienen la forma \[q=a+bi+cj+dk,\qquad a,b,c,d\in\mathbb{R},\] donde las unidades imaginarias satisfacen \(\quad i^2=j^2=k^2=ijk=-1.\)

De estas relaciones se obtiene, por ejemplo, \(\quad ij=k,\qquad ji=-k,\quad \) y análogamente para los demás productos. Por tanto, la multiplicación de cuaterniones no es conmutativa: \(\quad ij\neq ji.\) Esta fue una de las primeras grandes sorpresas de la historia del álgebra: era posible construir un sistema numérico en el que \(ab\neq ba.\)

Placa conmemorativa en el puente de Broom

Hamilton descubrió los cuaterniones mientras buscaba una interpretación algebraica de las rotaciones en el espacio. La famosa historia cuenta que, el 16 de octubre de 1843, durante un paseo junto a su esposa por el Royal Canal de Dublín, tuvo la idea fundamental y escribió las relaciones esenciales de los cuaterniones en una inscripción sobre el puente de Broom. 

Publicación original de Lectoras sobre Cuaterniones de Hamilton en 1853

Los cuaterniones encontraron posteriormente aplicaciones extraordinariamente importantes. En matemáticas permiten describir elegantemente las rotaciones tridimensionales, mientras que en física aparecen en diferentes formulaciones relacionadas con la mecánica cuántica y otras teorías matemáticas. En la actualidad son especialmente importantes en gráficos por ordenador, robótica, visión artificial, simulación y control de vehículos y aeronaves, donde permiten representar orientaciones espaciales evitando algunas dificultades de otros métodos, como los ángulos de Euler.

Los octonioness: dimensión \(8\)

Arthur Cayley
(1821-1895)

El siguiente paso apareció poco después. En 1845, el matemático John T. Graves, amigo de Hamilton, descubrió un sistema de números de dimensión \(8\), que denominó octaves. Casi simultáneamente, Arthur Cayley desarrolló independientemente una construcción semejante, razón por la que los octoniones también reciben el nombre de números de Cayley.

Un octonión puede escribirse como \(x=a_0+a_1e_1+\cdots+a_7e_7, \qquad a_0,\ldots,a_7\in\mathbb{R}.\) Ellos conservan algunas propiedades extraordinarias de los cuaterniones, pero pierden otras. En particular, su multiplicación tampoco es conmutativa y, además, no es asociativa: \((xy)z\neq x(yz)\) en general.Esto supone un salto conceptual importante. Con los cuaterniones todavía tenemos \((q_1q_2)q_3=q_1(q_2q_3),\) pero esta propiedad deja de cumplirse ahora.

Sin embargo, los octoniones poseen una propiedad intermedia denominada alternatividad. Por ejemplo, \(\quad (xx)y=x(xy),\; y(xx)=(yx)x.\) Esta combinación de propiedades aparentemente contradictorias hace de los octoniones una de las estructuras más interesantes del álgebra.

Una de las representaciones más conocidas de la multiplicación de los octoniones utiliza el diagrama de Fano, una estructura geométrica que permite recordar las reglas de multiplicación entre las siete unidades imaginarias.

El diagrama de Fano se utiliza para definir la multiplicación de las unidades imaginarias de los octoniones \(e_1,\dots,e_7\) (junto con la unidad real 1). Cada punto del plano representa una de estas unidades, y cada línea (incluyendo el círculo central) indica una terna cerrada: si se recorre la línea en el sentido de las flechas, el producto de dos elementos consecutivos da el tercero con signo positivo (\(e_i e_j = e_k\)), mientras que al recorrerla en sentido contrario el producto sale negativo; además, la multiplicación es anticonmutativa (\(e_j e_i = -e_i e_j\)) y cada \(e_i^2 = -1\). De este modo, las siete líneas del plano de Fano generan todas las reglas de multiplicación necesarias para el álgebra de los octoniones.

Los octoniones aparecen en áreas de matemáticas y física mucho más profundas que los cuaterniones. Están relacionados con grupos de Lie excepcionales, geometría diferencial, teoría de representaciones, teoría de cuerdas y determinados modelos de física matemática. En particular, las simetrías asociadas a los octoniones están vinculadas con estructuras excepcionales como el grupo de Lie \(G_2\).

Los sedeniones: dimensión \(16\)

La construcción puede continuar mediante el denominado proceso de Cayley-Dickson. A partir de los reales obtenemos los complejos; a partir de los complejos, los cuaterniones; a partir de los cuaterniones, los octoniones, y a partir de estos, los sedeniones.

Sus dimensiones reales son \(\mathbb{R}\longrightarrow\mathbb{C}\longrightarrow\mathbb{H} \longrightarrow\mathbb{O}\longrightarrow\mathbb{S},\) con dimensiones respectivas \(1,\; 2,\; 4,\; 8,\; 16.\)

Un sedenión tiene, por tanto, la forma \(x=a_0+a_1e_1+\cdots+a_{15}e_{15}, \quad a_i\in\mathbb{R}.\)

Aquí aparece una pérdida todavía mayor de propiedades algebraicas. Los sedeniones no son conmutativos, no son asociativos y, además, no son alternativos. Pero hay una pérdida particularmente significativa: existen divisores de cero no triviales. Es decir, pueden existir sedeniones \(x\neq0\) e \(y\neq0\) tales que \(xy=0.\) Esto no ocurre con los números reales, complejos, cuaterniones ni octoniones.

Su utilidad es principalmente teórica. Sirven para estudiar los límites de las estructuras algebraicas y las propiedades de los espacios hipercomplejos de alta dimensión. De manera muy marginal, se han propuesto modelos en campos como el aprendizaje automático (redes neuronales de sedeniones) para compresión de datos o problemas de previsión de series temporales, aunque su uso en física o ingeniería general sigue siendo anecdótico. Representan el punto donde la construcción sistemática de números hipercomplejos deja de ser útil para la física o la geometría estándar debido a la excesiva pérdida de reglas aritméticas básicas.

La historia puede resumirse mediante la siguiente tabla:

Sistema Dimensión Conmutativo Asociativo Divisores de cero
\(\mathbb{R}\) 1 Sí Sí No
\(\mathbb{C}\) 2 Sí Sí No
\(\mathbb{H}\) 4 No Sí No
\(\mathbb{O}\) 8 No No No
\(\mathbb{S}\) 16 No No Sí

Esta secuencia no es simplemente una colección de curiosidades algebraicas. Revela un fenómeno profundo: cada vez que ampliamos el sistema numérico mediante el proceso de Cayley-Dickson, obtenemos nuevas posibilidades, pero también debemos renunciar a determinadas propiedades.

La historia de los hipercomplejos constituye, en realidad, una historia sobre los límites del concepto de número. Los complejos demostraron que los números podían extenderse más allá de la recta real; Hamilton mostró que era posible sacrificar la conmutatividad para obtener una estructura de cuatro dimensiones; los octoniones llevaron esta idea hasta una estructura no asociativa, y los sedeniones mostraron que, al continuar el proceso, incluso la propiedad de no tener divisores de cero termina desapareciendo.

Así, la sucesión \( \mathbb{R}\longrightarrow\mathbb{C}\longrightarrow\mathbb{H} \longrightarrow\mathbb{O}\longrightarrow\mathbb{S}\) puede contemplarse como un auténtico viaje desde la aritmética familiar hacia algunas de las estructuras más profundas del álgebra moderna. Quizá lo más interesante es que cada paso no consiste simplemente en añadir nuevos números, sino en descubrir qué propiedades estamos dispuestos a perder para obtener una estructura más rica.

El hecho de que aparezcan las dimensiones \(1,2,4,8,16,\ldots\) no significa que las demás dimensiones estén prohibidas. Significa que no forman parte de la sucesión obtenida mediante el mencioado proceso de Cayley-Dickson. Aquí aparece una cuestión mucho más profunda. Si además de tener una estructura algebraica exigimos determinadas propiedades, las posibilidades se reducen drásticamente.

De hecho, el teorema de Hurwitz establece que los únicos álgebras de división normadas reales finito-dimensionales son precisamente \(\mathbb{R},\; \mathbb{C},\; \mathbb{H} \text{ y } \mathbb{O}.\) Por eso los octoniones ocupan una posición especialmente importante: son el último miembro de esta familia que conserva simultáneamente la estructura de un álgebra de división normada. Los sedeniones constituyen el siguiente paso, pero ya presentan divisores de cero.


Lectura recomendada: 


martes, 29 de septiembre de 2026

De números IMPOSIBLES a números COMPLEJOS

Gerolamo Cardano
(1501–1576)

Todo empezó en el siglo XVI cuando Gerolamo Cardano se enfrentó a un problema sencillo: dividir 10 en dos partes cuyo producto sea 40. Las soluciones que obtuvo fueron números de la forma \(5 + \sqrt{-15}\) y \(5 - \sqrt{-15}\). Aunque Cardano utilizó estos objetos en sus cálculos, los consideraba misteriosos y difíciles de interpretar, en cierta ocasión confesó que le producían una auténtica “tortura mental” y que no sabía qué hacer con ellos.

Rafael Bombelli
(1526–1572)
El siguiente paso fundamental fue dado por Rafael Bombelli, quien introdujo una notación específica para las cantidades imaginarias, utilizando expresiones equivalentes a \[ i=\sqrt{-1}, \qquad -i=-\sqrt{-1}, \] y estableció reglas para operar con ellas. Bombelli empleó además números complejos en el tratamiento de las ecuaciones cúbicas, especialmente en el denominado casus irreducibilis. Su trabajo fue decisivo porque convirtió unas cantidades que inicialmente parecían absurdas o imposibles en objetos con los que era posible realizar cálculos sistemáticos.

René Descartes
(1596–1650)
Durante el siglo XVII continuó la discusión sobre la naturaleza de estos números. Albert Girard los denominó soluciones imposibles. René Descartes, en su La géométrie (1637), acuñó el término “números imaginarios”. Escribió que para toda ecuación se pueden imaginar tantas raíces como indica su grado, pero que en muchos casos “no existe ninguna cantidad que corresponda a lo que uno imagina”.

Descartes observó que una ecuación algebraica podía tener tantas raíces como indicaba su grado, aunque algunas de ellas no correspondieran a cantidades que pudieran interpretarse como números reales. Esta observación contribuyó a consolidar el uso de los números complejos en el álgebra.

Después de Descartes, los principales matemáticos comenzaron a utilizar libremente los números complejos. Entre ellos se encuentran Johann Bernoulli, que empleó logaritmos complejos en la transformación de integrales, y Roger Cotes, Abraham de Moivre y Leonhard Euler, quienes trabajaron con relaciones trigonométricas que hoy reconocemos como fundamentales para el análisis complejo. En particular, se utilizaba la fórmula que actualmente conocemos como fórmula de De Moivre: \((\cos x+i\sin x)^n=\cos(nx)+i\sin(nx)\) que establece una conexión profunda entre los números complejos y la trigonometría.

El impacto de Euler

Leonhard Euler
(1707–1783)
Uno de los avances más importantes fue la interpretación geométrica de los números complejos. Euler representó un número complejo como un punto del plano mediante sus coordenadas rectangulares. Así, un número \(z=x+iy;\) puede visualizarse como el punto \((x,y)\) del plano complejo.

Al introducir coordenadas polares, Euler escribió \(x+iy=r(\cos\varphi+i\sin\varphi)\), lo que le permitía interpretar el módulo \(r\) y el argumento \(\varphi\) geométricamente.

Euler también estudió las raíces de la ecuación \(z^n=1,\) mostrando que pueden representarse como los vértices de un polígono regular en el plano complejo. De esta manera, una cuestión puramente algebraica adquiría una interpretación geométrica muy clara.

Otro de los resultados fundamentales asociados con Euler es la siguiente fórmula que hoy conocemos con su nombre \[ e^{i\varphi}=\cos\varphi+i\sin\varphi. \] Esta fórmula establece una conexión entre tres conceptos esenciales de las matemáticas: la exponencial, la trigonometría y los números complejos. Gracias a ella, la representación polar de un número complejo puede escribirse de forma especialmente sencilla como \(z=re^{i\varphi}.\)

Otra consecuencia especialmente elegante de la fórmula de Euler, es la siguiente identidad que también lleva su nombre


Su importancia no reside solo en su sencillez, sino en que establece una sorprendente conexión entre cinco de las constantes más importantes de las matemáticas: \(e\), \(i\), \(\pi\), \(1\) y \(0\). Puede afirmarse con justicia que la historia de estas cinco constantes resume de forma extraordinariamente densa y elegante los momentos más decisivos y fundacionales de las matemáticas  hasta el siglo XIX. Por eso muchos matemáticos y divulgadores (desde Richard Feynman hasta Keith Devlin) han dicho que la identidad de Euler es “la fórmula más bella de las matemáticas” y que en ella “se concentra una parte esencial de la historia del pensamiento matemático”.  

Euler también formuló lo que hoy conocemos como el teorema fundamental del álgebra. En esencia, afirmó que todo polinomio puede factorizarse en factores lineales o cuadráticos con coeficientes reales. Sin embargo, las demostraciones de Euler todavía presentaban dificultades desde el punto de vista de la fundamentación rigurosa. En particular, su razonamiento suponía, de una manera u otra, la existencia de las raíces que pretendía demostrar. Este aspecto resulta especialmente interesante desde una perspectiva histórica: el uso de los números complejos se había extendido mucho antes de que existiera una fundamentación matemática completamente satisfactoria de su naturaleza.

Hacia una definición rigurosa de los números complejos

Como señalamos anteriormente, durante el siglo XVIII, Euler conocía ya la representación geométrica de los números complejos, pero todavía no había proporcionado una definición completamente satisfactoria del concepto de número complejo.

La situación cambió durante el siglo XIX. Caspar Wessel, en 1797, Jean-Robert Argand, en 1806, John Warren, en 1828, y Carl Friedrich Gauss, en 1831, desarrollaron interpretaciones geométricas de la suma y la multiplicación de números complejos.

Carl Friedrich Gauss
(1777–1855)
Gauss hizo cuatro demostraciones rigurosas del teorema fundamental del álgebra: la primera en su tesis doctoral de 1799 (de carácter geométrico-topológico, evitando hablar de “raíces complejas” y se centrandose en la factorización real), dos más en 1816 (una algebraica y otra analítica) y una cuarta en 1849, con motivo del cincuentenario de su doctorado. En esta última demostración, ya aceptando plenamente los números complejos, reformuló el teorema de forma más cercana a la actual:

Todo polinomio de grado $n$ (incluso con coeficientes complejos) se puede descomponer en $n$ factores lineales (simples).

En 1831, dentro de su trabajo sobre residuos bicuadráticos, Gauss introdujo el término «números complejos» (en lugar de «imaginarios») y ofreció una definición geométrica clara y rigurosa, representándolos como puntos del plano y estableciendo de forma precisa las operaciones de suma y multiplicación como operaciones con segmentos dirigidos, lo que contribuyó decisivamente a su aceptación plena en la matemática.

La búsqueda de una definición matemática más precisa continuó en el siglo XIX. En 1843, William Rowan Hamilton definió los números complejos como pares de números reales dotados de reglas convencionales de suma y multiplicación. Esta interpretación permitió considerar \(z=a+bi\) como el par ordenado \((a,b),\) y definir las operaciones algebraicas directamente sobre dichos pares.

Por otra parte, en 1847 Augustin-Louis Cauchy propuso una formulación algebraica diferente: interpretar los números complejos como clases de equivalencia de polinomios reales módulo el polinomio \( x^2+1.\) Esta construcción proporciona una fundamentación algebraica del número \(i\), pues en el cociente se tiene \(x^2=-1.\)

Con los números complejos quedaba completa la cadena de sistemas numéricos clásicos o fundamentales, tal como los conocemos hoy y aparecen en la siguiente representación: \[\begin{array}{ll} \mathbb{C} & \mbox{Complejos} \begin{cases} \mathbb{R} & \mbox{Reales} \begin{cases} \mathbb{Q} & \mbox{Racionales} \begin{cases} \mathbb{Z} & \mbox{Enteros} \begin{cases} \mathbb{N} & \mbox{Naturales} \\ & \mbox{Cero} \\ & \mbox{Enteros negativos} \end{cases}\\ & \mbox{Fraccionarios} \end{cases}\\ & \mbox{Irracionales} \end{cases}\\ & \mbox{Imaginarios} \end{cases} \end{array}\]

La evolución histórica descrita puede resumirse como un recorrido desde la perplejidad inicial ante expresiones como \(\sqrt{-1}\) hasta su aceptación como objetos matemáticos plenamente definidos. Cardano introdujo estas cantidades en el contexto de la resolución de ecuaciones; Bombelli desarrolló reglas para operar con ellas; Descartes popularizó el término imaginario; Euler proporcionó herramientas fundamentales para su interpretación geométrica y analítica; y, finalmente, Wessel, Argand, Gauss, Hamilton y Cauchy contribuyeron a establecer representaciones y construcciones matemáticas rigurosas. Los números complejos ilustran cómo un concepto considerado inicialmente «imposible» puede transformarse, mediante el desarrollo progresivo de las ideas matemáticas, en una estructura fundamental del álgebra y del análisis.


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